Todo viaje necesita una pausa para contribuir a la exquisita colección de imanes de la casa. Armemos juntos un museo personal de Colombia y del mundo.

Puse a hacer el tintico de ollita y a calentar un envuelto de maíz para el desayuno. Mientras tanto, me recorrí las calles de Nueva York, caminé por las playas de San Andrés y, justo antes de que hirviera el café, me quité la nieve de Islandia que me había quedado en la pijama. Aterricé en mi cocina después de recorrer unos tres países en 5 minutos. La colección de imanes para la nevera funciona a la vez como puerto de salida a cualquier recuerdo y como museo privado del dueño de casa. Pero ¿por qué hacemos esto? ¿Por qué esta fascinación magnética por coleccionar imanes?
Sostener lo cotidiano
Antes de que la mayoría de nosotros nos convirtiéramos en exquisitos curadores en el arte de decorar neveras, ya en los Estados Unidos los abecedarios magnéticos de colores llevaban un tiempo paseándose por las cocinas. Con los años, y especialmente con el estallido de la publicidad, aquí en Colombia empezó a usarse ese gran bloque vertical como el archivo familiar para los números de teléfono de la droguería, las tapitas de Postobón y, por supuesto, las frutas colombianas de resina. Las colecciones de imanes turísticos empezaron a contar historias: la historia de la familia que la construía.

Imagen generada con inteligencia artificial.
Tres números de teléfono diferentes para la veterinaria de la esquina coexistían a la perfección con el almanaque miniatura que regalaban en la panadería del barrio cada diciembre. Así era la nevera de mi mejor amiga. Por otro lado, fotos sostenidas por diez diferentes figuritas de la Torre Eiffel eran parte de la nevera de mi tía. Todas distintas, con piezas pesadas de cerámica o frutas de resina hiperrealistas o cuadrados desgastados de acrílico. Pero todas sosteniendo nuestra cotidianidad.
El lado humano de la historia es lo que la puerta de la nevera nos muestra. Habita, sin que desentone, el recibo de la luz junto con la foto desgastada de la última vez en Capurganá. Es la única galería donde el 90% de las veces apreciarás su obra con el estómago vacío. Y en Colombia, estos pequeños fragmentos magnéticos se transformaron en un catálogo de nuestro propio sentido de ser y habitar. Cualquiera que sea este.
La memoria detrás del souvenir o el coleccionismo de imanes
Cuando estaba frente a mi nevera, empecé a preguntarme por otras neveras. Una pregunta extraña para tan temprano en la mañana. Pero decidí hacerla a mis cercanos y resulta que sí es posible estar frente a tu propia galería y tener un favorito. Empezaron a mandarme sus piezas más valiosas de su colección de imanes de viaje y las razones por las que lo eran, casi siempre la respuesta fue: “Me llevan de nuevo a ese momento”.
En definitiva, los imanes para nevera son el tiquete para el recuerdo. Ese viaje memorable o ese amigo cercano aparece con gracia en la puerta de la nevera, y de repente la cocina se llena de afectos, de amigos y familia. Roma, Cali, Alemania o el santo patrono de los perritos de la calle; cada uno de los imanes ilustrados es un camino de regreso a alguien, a algo. Para quienes respondieron a mi pregunta, coleccionar estas piezas es coleccionar lugares en miniatura.

Coleccionar imanes y construir identidad
Llenar la puerta de la nevera como quien llena un apartamento vacío nos muestra a todos que la identidad no se construye en abstracto, sino con las cosas que elegimos exponer. Al final, tú puedes hacer tu propia curaduría magnética, una colección de imanes que sea también tu moodboard de sueños cumplidos en la nevera y recuerdos de viajes. Son pequeñas partes de nosotros que se aferran al esmalte industrial para vestirlo de trópico, de selva, de playa, de cultura popular. También hace parte de quien somos.
Todos mis amigos que enviaron sus favoritos habían viajado al lugar que representaba el imán. Allí, este dejaba de ser un objeto para convertirse en un puente entre el turismo y la identidad. En especial, los imanes de viajes son fragmentos portátiles que nos ayudan a construir memoria. Finalmente, nos hacemos coleccionistas de imanes porque nos resistimos a que las experiencias se vuelvan abstractas o se diluyan en carpetas de fotos del celular que nunca volvemos a abrir.
Colombia en tu nevera
De las personas a las que les pregunté por sus imanes favoritos, hubo una que me conmovió particularmente. Una muy querida amiga mía, viviendo en Canadá, me mandó la foto de un mapa de Colombia. Algo sencillo, un regalito rápido de aeropuerto, de esos que se compran en ferias, que entran perfectamente en la categoría de souvenirs de Colombia. Me dijo que a veces necesitaba color y que siempre era sano recordar a Colombia a diario. En ese momento pensé en cómo quiero que ella recuerde a Colombia y, en definitiva, espero que sea con todo lo que lo comprende.
Así que decidí mandarle unos imanes bien chirriados, esos que sean más que un croquis del país tallado en madera, que sean un objeto bien cuidado y detallado que la haga imaginar el sabor y el olor de esta tierra. Estaba segura de que un imán como estos, con las frutas que más amo, sería el perfecto regalo para aguarle la boca justo frente a la nevera.
Esta colección de imanes, en particular, es la certeza a todo color de que alguien pensó en ti, como yo pensé en mi amiga. Reflejan una identidad, una parte de ti (o de todo un país) guardada en un objeto.
Colecciones de imanes o resistir al olvido
Puedes regalar un lugar en el mundo y ese lugar puede caber en la palma de tu mano. Hacer un homenaje a la tierra, las frutas, las flores y la fauna de Colombia. Y que, de esta forma magnética, ayudes a construir una galería para quienes más amas. Que en una colección de imanes de Colombia traigan de vuelta la dulzura de las papayuelas o los colores de las orquídeas del país.
Llevarle un regalo a alguien, un souvenir de Colombia, o regalarse a uno mismo una pieza, es un pacto contra el olvido. Es un modo de resistir contra los eternos mensajes digitales que ya conquistaron a las cartas a mano, una forma de resistir contra la pantalla táctil que todo lo aplana. Es decirle a alguien en tamaño bolsillo: Pensé en ti y quiero mostrarte esta partecita del mundo.
Helena Rodríguez

